El Oficio de Director de Banda | Tema 3.1
En el Nuevo Mundo
Por Carlos Diéguez Beltrán
Tras el descubrimiento de América (1492), la música llegó al Nuevo Mundo. En Europa, a su vez, los grupos instrumentales de viento emprenden una nueva transformación tanto organológica como organizativa. Se crean así las primeras agrupaciones estables que desempeñan funciones aún hoy encomendadas a nuestras bandas, como las de realizar procesiones o desfiles.
En América, sin embargo, las bandas hasta bien entrado el s. XIX no cumplen unas funciones plenamente artísticas.
Para sorpresa de los españoles descubrieron que los indios también tenían música en sus ejércitos, incluso con un mayor potencial sonoro. Estos instrumentos precolombinos eran más diversos y ricos tímbricamente que los pífanos y tambores; primeros instrumentos europeos en América.
En las Crónicas de Indias encontramos diversas fuentes sobre la música indígena. Bernardo de Vargas en su Milicia y descripción de las Indias describe a estas peculiares bandas:
“…son unas trompetillas de cola de armadillos, caracoles grandes, fotutos, tamboretes, que con esto y la vocería de tanto numero de gente, los nuestros casi no se oyen los unos a los otros…”
Ante la música indígena se decidió aumentar el número de instrumentos a las bandas españolas. La transformación de las bandas en América comenzaría con Las ordenanzas de Cortés, de diciembre de 1520, en las que se ordenaban que cada capitán de infantería deba tener “su tambor y bandera para acaudillar mejor a la gente a su cargo…” siendo pífanos y tambores los instrumentos usados en esas fechas.
En sucesivas expediciones, las bandas se fueron completando. En la expedición de 1534 para la conquista de Honduras, la banda estaba ya formada por cinco chirimías, sacabuches y dulzainas. Las unidades españolas de caballería, introducirían posteriormente el clarín en América.
Tenochtitlán y la “Música para matar”
En 1520 los españoles descubrieron una potencia brutal pero asimismo sofisticada. El emperador Moctezuma dirigía su imperio azteca desde Tenochtitlán, una urbe de 250.000 habitantes; sólo estando Nápoles y Constantinopla más poblados en el mundo por aquel entonces.
Los aztecas desarrollaron la astronomía, tenían sus propios calendarios y unas leyes estrictas dividiéndose la sociedad en castas, con guerreros y sacerdotes en la cúspide y artesanos y agricultores en las clases bajas. No existía una clase media y dos ciudades representaban concepciones políticas dispares, puesto que Tlaxcala era una ciudad-estado gobernada por un senado y Tenochtitlán era un imperio sin burocracia que basaba su poder en la recaudación tributaria a base de sembrar terror.
Los sacrificios de humanos eran comunes y como una especie de compensación o pago de deudas a los Dioses. Dependiendo de la estación del año, de la inauguración de un nuevo templo, de la climatología o del transcurso de una guerra, variaría la cantidad de ejecutados; siendo ésta una circunstancia casi diaria.
En estos sangrientos rituales se interpretaba la “música para matar”, sonando tambores, flautas y trompetas que emitían las señales oportunas para llevar a cabo el transcurso del sacrificio. Los músicos aztecas tenían que ser a su vez muy hábiles con su instrumento, pues de ello dependía su vida. Si la interpretación era buena les podría suponer una recompensa pero si se equivocaban serían apartados del grupo y previsiblemente ejecutados, según lo describe el Fray Bernardino Sahagún:
“De esta misma librea arreaba a todos los principales, y hombres de guerra y capitanes, y todas las otras gentes que habían de entrar en la danza o baile; y también a todos daba copiosamente de comer y beber. Y andando en el baile, si alguno de los cantores hacía falta en el canto, o si los que tañían el teponaztli y atambor faltaban en el tañer, o si los que guían erraban en los meneos y contenencias del baile, luego el señor les mandaba prender y otro día los mandaba matar”.
Este oficio se les instruía en unas escuelas denominadas cuicacalli, conocidas como “casas del canto” y en las que se enseñaba música junto a la danza. Aquí formaban a músicos y a maestros, destacando entre éstos al Ometochtli (sacerdote-director de ejecuciones musicales), el Talpizcatzin (constructor, ejecutor y maestro de ejecuciones musicales), o el Cuicapicque (compositor de cantos).
Los músicos gozaban de grandes privilegios en la sociedad azteca, tales como la exención de impuestos y altas jerarquías en los templos. La música era una parte indispensable en la vida social y se transmitía de manera oral al no desarrollarse una escritura musical. Sus instrumentos musicales se guardaban recelosamente en el mixcoacalli (casa del dios del fuego).
Resistencia y Venganza Musical
No era de extrañar la resistencia que ofrecían los nativos frente a los nuevos colonizadores. Lo cierto es que en 1521, Hernán Cortés acabó con el Imperio de los aztecas y en 1523 Francisco Pizarro apresó a Atahualpa, el último gran inca. Esta expansión colonizadora sobre América conllevó a una explotación de los pueblos indígenas que ni asimilaban su conversión a la cultura occidental ni a la nueva religión promulgada por los conquistadores. A su vez las enfermedades aparecidas y propagadas por este choque de civilizaciones contribuyeron a la desaparición de muchos pueblos, culturas y costumbres. Sirva como ejemplo el Perú que con una población anterior a su conquista de nueve millones de habitantes en 1620, sólo lograron sobrevivir unos 600.000 nativos tras el contacto con los españoles.
Las bandas indígenas formaban parte de estas sociedades. Por supuesto. Así que también se tomaban su especial venganza musical ante los colonizadores españoles. Datos hay de que los Capayanes, una tribu argentina, al apresar a un español herido “tocaban sus pingollos y cornetas con grande algazara, en señal de victoria…”
El religioso Barco de Centenera, narra también como los nativos se presentaban a combatir “con orden y aparato de guerreros, con trompas, bozinas y atambores…”
Entre los músicos más crueles estarían los guaraníes. El historiador Fernández de La Torre relata sobre ellos:
“En el Archivo Nacional de Asunción, se conserva un documento fechado en 1612, en el que se dice que los guaraníes apresaban a los enviados españoles, los mataban, asaban y comían, haciendo con las canillas flautas y trompetas”
Primeras Escuelas de Música en América
En febrero de 1536 con quince naves y 1500 hombres llegaba al Río de la Plata Don Pedro de Mendoza. Juan Gabriel Lezcano, conocido por Nuño Gabriel, destacó entre estos músicos por su humanidad con los aborígenes. Utilizaba la música de origen española y portuguesa para cantarles contra alguna de sus costumbres como el tatuarse, matar o comer carne humana.
Lezcano fundó en Asunción del Paraguay la primera escuela de música de América del Sur para la enseñanza de los indios guaraníes. Años antes, en 1524, Fray Pedro Gante establece en México la primera escuela de arte y oficios de donde salieron cantores, pintores, zapateros, sastres o músicos, influyendo este hecho también en Guatemala y Costa Rica.
Pedro de Mendoza cuando funda Buenos Aires en 1536, incorpora además de los atambores y pífanos a trompetas, sacabuches y dulzainas; tocadas por los ministriles Diego de Acosta y Juan Jara. Escuchar a ministriles en estas expediciones de Honduras y Buenos Aires ya era un hecho común, como nos lo aclara el religioso Martín del Barco Centenera en una crónica de la Conquista del Río de la Plata:
“eran comunes a todos los cuerpos expedicionarios, pues sus notas daban aliento y marcialidad a los soldados en sus agotadoras marchas…”
Los Misioneros: Maestros de Viento
Los músicos y directores de las bandas españolas no serían usualmente los que enseñasen la música occidental a estos indígenas americanos. Ellos estaban para otros cometidos militares. Incluso en países como Ecuador no se oiría la primera banda militar hasta 1818. Los misioneros españoles fueron verdaderamente los primeros maestros y directores de las agrupaciones civiles de viento en América.
En el Nuevo Mundo, los misioneros en su labor de catequización les enseñaban a contar, leer o escribir. Todos los esfuerzos eran pocos, puesto que pretendían llegar a la población indígena de todos los territorios. El fenómeno musical que llevaron los sacerdotes, frailes o misioneros por toda América conllevó a la creación de estas “Capillas indígenas”.
En Ecuador, los padres franciscanos fundaron los colegios San Juan Bautista (1552) y San Andrés (1558). Los frailes instruyeron a los indios a tañer instrumentos de tecla, cuerda y viento. En tan sólo diez años el Colegio San Andrés contaba con profesores indígenas de instrumentos de viento como Diego Gutiérrez, Pedro Días y Juan Mitima. Con estas enseñanzas se formaron así unas orquestas “primitivas” con instrumentos de viento para acompañar a la liturgia.
A las bandas de Iglesia centroamericanas del XVIII se les añadiría el violón o contrabajo, así como el clarín y la chirimía. Sus principales actuaciones serían las procesiones de Semana Santa, del Corpus Christie, misas, rosarios y recibimiento de autoridades eclesiásticas. Hasta las puertas de la independencia de las naciones americanas, la música no será importante en el nuevo continente. Todo progreso viene condicionado por el interés que demuestre un hecho, la necesidad del mismo y su practicidad para desarrollarse en sus diversas facetas.
Instrumentos musicales prehispánicos
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